domingo, 16 de abril de 2017

ALGUIEN HABLÓ DE NOSOTROS (IRENE VALLEJO)



Como bien sabe la mayoría de ustedes, me gano la vida -¡y encantada de ello!-como profesora de Latín, Griego y Cultura Clásica. En las dos primeras, materias de Bachillerato, se privilegian los contenidos lingüísticos, mientras que la Cultura Clásica, optativa de la ESO, se ocupa de la geografía, historia, organización política y social, religión, mitología, arte y literatura del mundo clásico y su pervivencia en Occidente. Ahí es nada. Tan ambiciosa e inabarcable resulta, de hecho, esta última, que hace ya tiempo que me desentiendo un tanto de las exigencias de la programación y picoteo aquí y allá, prestando siempre especial atención al acervo mítico y a la literatura. Por otro lado, la perspectiva que adopto como punto de partida, solo como punto de partida, es la de la omnipresencia del mundo clásico en la cultura popular contemporánea, especialmente en la ficción televisiva. Pueden hacerse una idea de todo esto en esta otra esquina. Siendo esto así, comprenderán que los libros de texto al uso no se ajustan casi nunca a mis necesidades. Si tuviera que elegir un libro de referencia no sería, de hecho, ninguno de los publicados por las editoriales al uso, sino el recentísimo Alguien habló de nosotros de Irene Vallejo, publicado por los amigos de Contraseña, cuyo catálogo es una muestra de buen gusto literario.

Alguien habló de nosotros, que Irene Vallejo dedica con generosidad a los profesores de humanidades que en el mundo somos, recopila los textos que la autora publica con regularidad en el Heraldo de Aragón -y también en su muro de Facebook-. Todos ellos, sin excepción, son piezas concisas y brillantes en las que, con pasmosa y aparente facilidad, pasa de lo general a lo particular y de la Antigüedad grecolatina al mundo contemporáneo, demostrando que los clásicos griegos y latinos están tan vivos como siempre. Basta tan solo saber mirar. Y para aprender a mirar es imprescindible la labor de divulgación de maestras como Irene Vallejo y asegurar la presencia en nuestros institutos de las materias humanísticas. En estos tiempos sombríos en que el mercado parece haberse erigido en único punto de referencia y en que resistimos los envites de un pragmatismo exacerbado y de pedagogías salvíficas que todo lo fían al cómo y nada al qué -y no existe cómo sin qué-, reconcilia un tanto con el mundo saber que hay espacio en la prensa generalista y en el mundo editorial para una autora como Irene Vallejo, capaz de leer y explicar con afecto, distancia y lucidez a los clásicos. 

De hecho, he de reconocer que me ha conmovido especialmente su texto “Oficio de ciudadano”, en el que reivindica como el logro que es la generalización de la enseñanza -pública- de las disciplinas humanísticas, tradicionalmente consideradas superfluas e inútiles y, en consecuencia, patrimonio exclusivo durante mucho tiempo de las clases pudientes. Ya se sabe, primum vivere, deinde philosophare. Y lo hace remontándose a la democracia ateniense y a la creación por parte de esta de un oficio general para todos, que venía a sumarse al que ya desempeñaba cada cual: el de ciudadano. Ese y no otro ha de ser el papel de la enseñanza secundaria, formar ciudadanos independientes y críticos con un bagaje cultural -científico y humanístico- que les permita desenvolverse en el mundo y disfrutar de él. Estoy convencida de ello, así que sigo en las trincheras, encantada de tener tanta y tan buena munición gracias a Irene Vallejo. Así que ustedes lean, lean.



lunes, 10 de abril de 2017

ALFA, BRAVO, CHARLIE, DELTA (STEPHANIE VAUGHN)



El de “irregular” es, probablemente, uno de los calificativos que más se aplican a las colecciones de relatos. Sin embargo, resulta pasmosa la coherente uniformidad de todos los incluidos en Alfa, Bravo, Charlie, Delta de Stephanie Vaughn, que, en traducción de Ana Crespo, acaba de publicar Sajalín. Resulta pasmosa por la brillantez de las diez piezas que componen el volumen, todas ellas engarzadas por sobriedad, precisión, viveza y sentimiento en la mejor tradición narrativa estadounidense, esa misma encarnada por los Stegner y Tobias Wolff que, con razón, tanto la han elogiado.
No busca Vaughn epatar al lector con giros ni epifanías finales, ni deslumbrarle con tropos como Lorrie Moore -por otro lado, magnífica-, sino que se basta en cada ocasión de pequeñas anécdotas anidadas en lo familiar, en lo cotidiano y narradas con una prosa sencilla y sobria para emocionar, apelando, quizá, a uno de los mayores placeres que puede proporcionar la lectura: la identificación. He leído estos días El domingo de las madres de Swift, cimentada, como las Grandes Esperanzas de Dickens, en la idea de que nuestras vidas se desarrollan de una manera y no de otra en virtud de un gran acontecimiento decisivo y determinante. Sin embargo, más bien me identifico con la poética subyacente tras los relatos de Vaughn. La vida se compone, por lo general, de rutina y momentos anodinos, al menos en apariencia, y solo en virtud de cierto talento para la penetración se puede abstraer de ella una narrativa. Vaughn acredita dicho talento en todos sus relatos, ya se ocupen de familias nómadas, amigos de la infancia, parejas en crisis o de un terreno tan fértil como la mitología familiar.
Que Alfa, Bravo, Charlie, Delta sea hasta la fecha el único libro publicado de su autora solo acrecienta la admiración por esta, en tanto que modelo de exigencia, coherencia y compromiso al que siempre se debería aspirar. No se la pierdan y lean, lean.

viernes, 24 de marzo de 2017

TIENE QUE SER AQUÍ (MAGGIE O’FARRELL)



A priori, lo tenía todo esta novela de Maggie O’ Farrell para resultar fallida o, como mínimo, decepcionante. Su estructura es más que ambiciosa, pues cambia de foco en cada capítulo para centrarse en cada uno de los miembros de la/las muy desectructurada/s familia/s de Daniel Sullivan, su protagonista. El conjunto corría, pues, el riesgo de diluirse y resultar un corta y pega deslavazado, un poco a la manera de esas películas plagadas de estrellas que terminan haciendo aguas por todos lados. La trama, centrada en las idas y venidas de Daniel, sus parejas y sus hijos, podría, además, resultar un tanto banal.

Sin embargo, basta leer un par de capítulos para comprobar que Maggie O’Farrell, a quien no le había seguido la pista hasta ahora, es una maestra de su oficio, pues, pese a la variedad de personajes y, sobre todo, de cambios de foco, todas las piezas encajan a la perfección y componen una magnífica historia sobre el amor, la amistad, la soledad, el aislamiento -forzoso o elegido- y, sobre todo, la comunicación en un arco temporal que abarca unos setenta años. Ahí es nada. 

En cuanto a la aparente banalidad de la trama, es solo eso, aparente. No es casual y es un acierto que el protagonista sea lingüista, y resulta de lo más paradójico, dadas sus dificultades para comunicarse con sus parejas y sus hijos. Todo gira en esta historia en torno a los distintos elementos de la comunicación: código, contexto, emisión, recepción y, sobre todo, ruido. No es casual, tampoco, que el hijo mayor de Claudette, pareja de Alan en el momento de iniciarse la narración, sea tartamudo.

Si a todo lo anterior sumamos un apabullante manejo del tempo narrativo, que hace de esta novela una lectura adictiva, y la siempre magnífica labor en la traducción de Concha Cardeñoso, una no puede sino dar las gracias y felicitar a los amigos de Libros del Asteroide por esta nueva muestra de buen gusto y terminar estas líneas con el tan característico como sincero “lean, lean”. No se la pierdan.


sábado, 11 de marzo de 2017

UN POLICÍA EN LA LUNA (TOM GAULD)



Cada vez vengo por aquí más de tarde en tarde, ya lo ven, y no por falta de ganas. De hecho, he leído mucho y muy bueno desde que cambiamos de año, pero el trabajo y algún problemilla de salud me han tenido de lo más entretenida. Así las cosas, el responsable de devolverme a este lugar es, una vez más, Tom Gauld. Si hace unos meses les hablaba de su muy humana deconstrucción del Goliat del Antiguo Testamento, hoy es el turno del recién publicado Un policía en la luna (Salamandra). 

De nuevo elige Gauld un escenario propio para alardes épicos, allí el valle de Elah, aquí una luna colonizada por pioneros espaciales. Y de nuevo nos regala Gauld a un héroe de lo cotidiano, allí un administrativo bonachón, aquí un tipo que entretiene sus monótonos días bebiendo café, comiendo donuts -también los policías lunares cumplen el estereotipo-, reconduciendo a díscolas adolescentes, buscando a perros perdidos y ayudando a encantadoras ancianas. Lejos quedan los tiempos en que la luna se presentaba como un Nuevo Mundo repleto de posibilidades. Ahora es un páramo yermo cada vez más solitario en el que nuestro héroe pasa sus solitarios días, víctima de innumerables servidumbres tecnológicas de lo más reconocibles. Hete aquí, sin embargo, que un expendedor automático de café es sustituido por una cafetería con una camarera de carne y hueso y un rayo de esperanza, la que ofrecen la solidaridad  y la amistad -aun la casual-, compensan el tono melancólico y crepuscular del volumen, hasta entonces solo aliviado por el humor.
Como no podía ser de otra manera, esta deliciosa historia viene revestida del sencillo, sobrio y elegante trazo de Gauld, cuya narrativa gráfica se basa en la repetición con leves variaciones -atiendan a ese edificio de apartamentos que va perdiendo módulos según se vacía el satélite-, y referencias sutiles a otros “cronistas” de la soledad como Edward Hopper.
Una maravilla, ya ven, así que lean, lean y vean, vean.